interpones entre tu cuerpo y el suelo
mecanismos de contención de sufrimiento.
Eliges con tino un lugar baldío
que frene el miedo,
no vaya a ser que así duela menos.
Con un ramo de tiritas
y un poco de esmero,
fabricas un paracaídas.
Compruebas que las lágrimas
esperan la señal impacientes
arremolinadas en sus puestos.
Y así se prepara el caballero
para recibir del juez
la noticia de su encierro.
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