La vi una tarde paseando, sola, en la alameda. A su alrededor, las siluetas se desdibujaban por envidia, cediéndole todo el protagonismo a ella. Creo que el peso de mi mirada hizo mella en sus largas piernas y hubo de sentarse en un banco a descansar el serio desgaste que le producía.
Tropecé deliberadamente, no para confirmar mi torpeza sino para poder dejar de observarla un momento. Mala fue mi suerte que en el invisible esfuerzo por mantener la verticalidad, nuestras miradas se cruzaron y por un breve lapso de tiempo dejé de descender hacia dónde la gravedad me llevaba. El problema es que los lapsos, por definición, no duran mucho tiempo.
Me encontré de bruces con el adoquinado -y duro- suelo. Al levantar la vista hacia el banco no hubo más intercambios de palabras sordas entre nosotros, no porque yo no quisiera, más bien porque ella ya no estaba. Quiso el azar que al caer, mi cuerpo sufriese en sus carnes el peor y más aciago de los males: Mi corazón latía, dolorido, quejumbroso en silencio por no haber muerto.
Mi padre me había dicho una vez que el mejor de los dolores es el de un corazón esguinzado a primera vista y que lo "peor del mejor de los dolores" -nunca se le había dado muy bien el prosaicismo- era la falta de cura.
- ¿Y cómo sabes cuándo se te esguinza el corazón, papá?
- Lo sabrás porque mientras sufres el mejor dolor del mundo la sonrisa no saldrá de tu cara.
Y yo, sin quererlo, sonreía sin tener por qué.