Antes me dormía oyendo caer gotas grandes, medianas y pequeñas sobre los tendales de mí patio de luces.
El techo se volvía gris pálido cuándo el vecino más trasnochador apagaba la luz de su cocina. En las esquinas se columpiaban las arañas y al otro lado de la pared de mi habitación, un desconocido sin cara hacía el amor entre sábanas blancas y gemidos sordos, haciendo crujir el viejo colchón de su piso de estudiantes.
La princesa del guisante no acudía últimamente a sus citas de medianoche y una cama así era demasiada cama para uno sólo...
Las noches de tormenta me gustaban mucho más que antes. Me desnudaba y me tumbaba boca arriba en silencio, viendo iluminarse el techo de la habitación a cada gran estallido. Contaba los segundos entre el trueno y el relámpago y cálculaba a cuánta distancia se habría roto la impermisividad eléctrica del aire.
Al poco rato solía parapetarme tras pensamientos estúpidos, imágenes indecentes y sueños de tardes vacías.
Toda vez que me hundí, agradecí al poco tiempo tener un corazón tapizado en visillos de corcho.
Y una y otra vez me repetí... que no todo estaba perdido.
Y que cierto era.
El techo se volvía gris pálido cuándo el vecino más trasnochador apagaba la luz de su cocina. En las esquinas se columpiaban las arañas y al otro lado de la pared de mi habitación, un desconocido sin cara hacía el amor entre sábanas blancas y gemidos sordos, haciendo crujir el viejo colchón de su piso de estudiantes.
La princesa del guisante no acudía últimamente a sus citas de medianoche y una cama así era demasiada cama para uno sólo...
Las noches de tormenta me gustaban mucho más que antes. Me desnudaba y me tumbaba boca arriba en silencio, viendo iluminarse el techo de la habitación a cada gran estallido. Contaba los segundos entre el trueno y el relámpago y cálculaba a cuánta distancia se habría roto la impermisividad eléctrica del aire.
Al poco rato solía parapetarme tras pensamientos estúpidos, imágenes indecentes y sueños de tardes vacías.
Toda vez que me hundí, agradecí al poco tiempo tener un corazón tapizado en visillos de corcho.
Y una y otra vez me repetí... que no todo estaba perdido.
Y que cierto era.