Vaya, yo llegué tarde al intento de golpe de estado. Exactamente 6 años y 117 días. A pesar de haber nacido en los 80, recuerdo bastante poco de ellos. ¡Ya no hablemos de lo que no recuerdo de antes! No viví ninguna dictadura, ninguna guerra, ni ninguna posguerra. No he pasado hambre, no he tenido que callarme mis ideas, no me he escondido tras una armadura de falacias. No sé lo que es ver como los vecinos se enzarzan en batallas en las que todos son los derrotados. Como veis, sé bastantes pocas cosas.
Lo que sí sé, es que si hubiese vivido el 23-F, me hubiese cagado de miedo. Solamente sé lo que es vivir con libertad y derechos (aunque a veces parece que sólo tenemos derechos y no obligaciones) Me hubiese muerto de terror, al ver como la estructura de libertad política que tanto esfuerzo le costó construir a gentes como mis padres, como nuestros padres se podía venir abajo por los sueños de grandeza de unos pocos.
Dicen que no necesitamos leyes que hablen de abrir fosas, ni heridas. Dicen que está en nuestra memoria, y ahí se encuentra todo a buen recaudo. Lo siento, pero no pienso lo mismo. Sólo los necios se niegan a mirar hacia atrás para no volver a repetir los errores del pasado. Pero así somos los seres humanos, con nuestras patrias, nuestras banderas, nuestras idioteces.
Yo creo que sí hacen falta, demasiada, y lo creo de corazón. Quizá hacen falta para que podamos pasar página, o para cerrar heridas que creo que llevan abiertas demasiados años. Para que mis hijos, los tuyos y los de quién sea no sean tan estúpidos de intentar cargarse las pocas cosas que como pueblo hemos hecho juntos.
Pueblo y juntos. Dos palabras que deberían ir más veces de la mano. No somos conscientes de lo que podemos hacer cuando aunamos esfuerzos y remamos todos en la misma dirección. No tenemos ni la más mínima idea.
Mucha gente piensa que es el pueblo el que teme las decisiones del político, y no, señores, debería ser el político quién temiese las decisiones del pueblo.
Durante estos días, repetirán una y otra vez las imágenes de un pequeño hombre de verde, regordete y con bigote, con un sombrero negro triangular muy simpático, entrar pistola en mano en el hemiciclo del Congreso de los Diputados, en el hemiciclo de nuestras voces (permítanme un pequeño suspiro aquí, me refería a cuando la política era respeto, palabras y ante todo, debate) y gritar aquello de: "¡Quieto todo el mundo!"
No pude vivirlo, como tantas otras cosas en la vida. Y no quiero vivirlo nunca más. Espero que ustedes quieran lo mismo. Pero qué sé yo, si no sé nada.
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